La búsqueda

«Las personas que disfrutan relaciones satisfactorias y estables son seres equilibrados. No andan en busca de alguien que ‘llene un hueco’. Reconocen su propia valía.» -Andrew Matthew-

¿Cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿por qué?, ¿para qué?, ¿con quién?, ¿de quién? No son solo las preguntas que envuelven al periodismo, profesión que ejercí 14 años de mi vida y eran las constantes a resolver en la vida laboral; sino que desde hace algunos años se convirtieron en las interrogantes a resolver en la búsqueda de pareja.

La ciencia, en diversos artículos de instituciones mundiales, afirma que el ser humano, por naturaleza, tiene la necesidad de encontrarse con una compañía que cumpla tres elementos primordiales:

La necesidad afectiva: Necesidad de amar y ser amados.

La necesidad de contacto sexual: Por supervivencia y por búsqueda – satisfacción del placer.

La necesidad social y de pertenencia: Necesitamos de los demás, sentirnos vinculados a una persona, alguien que nos enriquece.

Mi primer encuentro con las  necesidades antes mencionadas comenzó a los 11 años, la sexual no precisamente; pues ésta llegó 9 años después. No obstante, desde entonces, comprendí el significado de pertenecer y sentirme amada o, por lo menos, encontrarme en las formas de saberme interesante para alguien del sexo opuesto.

No ha sido sino hasta mis entrados 40 años que he descubierto la verdadera necesidad de formar vínculo, no solo sexual, con un compañero. La franqueza, madurez y sanación mental me han llevado a reconocer que mi búsqueda ha sido constante, aferrada, triste, decepcionante y sin consciencia, reitero, sino hasta hace poco. No lo lamento, tampoco me enorgullece, pero sí me deja grandes enseñanzas.

Pasé por todas esas etapas que pintan, representan o narran en libros, películas y especialmente, en las creencias e ideologías de una familia y sociedad mexicana. “Ser solterona es casi una vergüenza social. ¿Cómo tan exitosa, bonita y talentosa no consigas un novio?”

 A los 18 creí haber encontrado al amor de mi vida: una relación con quien hallé, a los 20 años de edad, el sexo por primera vez. Mis años 20 transcurrieron en fiestas, diversiones ¡y mucho sexo! Sin miedos, sin tapujos, solo por el simple deseo encontrarme, a través del encuentro carnal, con quien creí formar alguna relación seria. ¿Cómo se consideraría a alguien como una relación seria cuando solo desnudaba el cuerpo y escondía la verdadera desnudez, la del alma? Pasé de ¡todo! Quizá en algún momento narre las más significativas.

A los 30 iniciaban las angustias, pues mis amigas cercanas comenzaban a cumplir el ciclo de la mujer mexicana: Casarse, ser felices, tener una casa, una camioneta, ser exitosas laboralmente y comenzar a preocuparse por otros menesteres que no fuera estar con su pareja. Mi hermana anunciaba su boda, eso me ponía en alerta roja, porque claro que me compré la frase: “Chivo saltado, chivo quedado”. Así que urgía una búsqueda más rápida, no importaba el precio.

 Mi círculo de amigas aventureras, de parrandas, de diversión, de solterona, se hacía más pequeño, así que emprendí la búsqueda de nuevas amistades y con ello, nuevos amoríos. Entre fiestas, encuentros laborales y hasta redes sociales,  me topé con quien viviría por primera vez en pareja, alguien a quien di todo, literal ¡todo!, sin comprender que el hacerlo no era garantía de que se quedara. Nunca estuve realmente enamorada, ahora sé que él tampoco,  pero me hacía saber que las expectativas de ser la pareja de alguien ya no me daba el derecho a estar sola. Ya tenía a quien enviar mensajes, regalar objetos caros, libros, viajes, placeres y ¡hasta compartir mi éxito laboral! Porque, pues mantuve la relación económica mucho tiempo. Él argumentaba como préstamos, hoy lo veo como pérdida de patrimonio. No, no íbamos juntos a actividades públicas, tampoco tuvimos un título definido, pero estábamos juntos. Ante todo compromiso social o familiar él huía, nunca se presentaba. Y yo, no veía las señales del no compromiso y del ahí no es, hasta que la claridad de las convicciones, de las que evidentemente todos mis cercanos veían y nunca hice caso, se hicieron presentes: él estaba en otra relación. Eso acabó lo que realmente nunca empezó. Así que, tras el duelo y las primeras enseñanzas de ser adulta desesperada, me llevaron a una nueva búsqueda. Pasaron dos años para volver a estar con alguien. Nuevamente ya no era la solterona de 33. La aventura, el anhelo desesperado por estar me llevó a permitir que él fuera poco a poco adueñándose de mi espacio: primero el cepillo de dientes, luego la pijama, luego la ropa, hasta que la mitad del closet, la despensa, la sala, eran de él. Lo mismo hice yo en su casa. Pese a que vivíamos en ciudades diferentes, eso hacía cómoda la relación. Me casé con el argumento de “así estamos bien. Así la pasamos de lujo” y cuando llegó una responsabilidad mayúscula para ambos, no supimos afrontarla y mejor fue “dejarlo por la paz”; sin embargo, aquí también había dado más de lo recibido.

Un año después de esa ruptura, sin buscarlo, sin perseguirlo, sin esperarlo, llegó uno de mis más grandes maestros de vida, un hombre siete años menor que yo, que compartió conmigo más de lo que yo pude haber dado: enseñanzas,  conocimiento, inteligencia emocional, viajes, alegrías, sorpresas inigualables, atención, cariño, respeto, su familia. Todo lo que realmente necesitaba para decir: ¡Ahora sí, de aquí soy!

 Era inmensamente feliz.  A las dos semanas de haber comenzado a salir fue presentado en mi familia. Lo arroparon. Íbamos a muchos sitios juntos, compartíamos intereses, amigos, personas favoritas. Disfrutábamos de espacios mágicos, teníamos retos juntos, nos premiábamos con comidas y cenas en sitios elegantes. Compartíamos lecturas, películas, trabajo, temas diversos. Siempre me impulsaba a ser mejor. Siempre guapo y elegante, olía rico. Todo era  P E R F E C T O hasta que… en los primeros meses de compañerismo, surgió en mí la realidad de lo que aún no comprendía: la necesidad del espacio individual como forma perfecta para saber que existe para el otro. Ya pedía más atención, porque creí tener el derecho de ello. Me convertí en la tóxica. Si bien nunca lo celé, ni hice dramas públicos, sí le exigí algo que él no estaba dispuesto a romper: su paz.

Llegó una separación necesaria. Los primeros días, tras la ruptura, me aferré a disculparme, sin entender el mensaje de fondo. No aún. Así que retomé proceso terapéutico para encontrar una solución a esos malestares.

Pasaron siete meses, en los que existieron aventuras con otros, especialmente hombres mucho más grandes que yo. Nada serio, pero sí muchos significativos, pensé que era la forma de calmar las incógnitas. Tras ese tiempo, por azares del destino, bajo otras circunstancias, el hombre perfecto y yo coincidimos nuevamente. No existieron explicaciones del pasado o de la ausencia, pero sí nuevos retos y mejoría en la relación. Tanto que al poco tiempo retomamos proyectos juntos, creíamos uno en el otro, fuimos socios laborales, disfrutamos de una nueva forma de estar. Las familias se conocieron, las madres de ambos se hicieron amigas. No había más que decir. Sí, era mágico. Yo ya estaba en mis 37. Tiempo perfecto para formalizar. Cuando de repente… mi vida laboral se convirtió en un desastre y qué decir de la económica ¡era un horror! Pues Hacienda me cobraba una multa estratosférica por no pago de impuestos de una acción laboral de la que nunca me enteré. Un personaje público con quien trabajé años atrás había sacado una nómina a mi nombre con un alto valor de pago y de la que, evidentemente no se hizo responsable. Comencé a maldecir, a odiar al mundo a ser lo más tóxico de lo tóxico. Todos eran culpables de lo que sucedía, menos yo. Mientras vivía en el enojo, depresión y constantes maldiciones por mi situación, el  hombre perfecto solo me impulsaba y veía en mí lo que no creía en ese momento: Mi capacidad de resiliencia.

Una noche, tras un día entero que pasé en cama y pijama, deprimida —básicamente—,  él mandó un mensaje: “Tenemos que hablar”. Me pedía vernos al día siguiente. Así lo hicimos. Yo con una vibra espantosa, él, triste y con ojos llorosos mencionó que no podía seguir más conmigo, pues habían sido meses difíciles, dolorosos y complicados el soportarme. Mi negatividad no podía formar parte de su existencia. Decidía irse. Me sugirió reencontrarme y fortalecer todo lo que verdaderamente soy. No entendía lo que realmente decía, pedía y me invitaba, nuevamente, a ser mejor. Y aclaro un patrón común que encontré en estas relaciones y es que  ¡nunca fui la novia de nadie! No, ninguno de ellos, nunca en ningún momento, me reconocieron como novia. Comprendí la importancia de un título. Sí, es como la licenciatura, si no cuentas con el papel, por más experiencia comprobable que tengas, por más historias y conocimientos, si no hay algo formal definido, en realidad no hay derecho a nada. Ahora también entiendo algo que admiraré por siempre en él: supo amarse y alejarse de alguien con quien ya no estaba a gusto. Resguardaba su paz.

Tras la partida de ese gran hombre, evadí su ausencia y quise encontrarlo en muchos sitios, en nuevas personas, en comenzar de nuevo la búsqueda. Así que ahora recurría a las redes sociales. Por varios meses Tinder fue mi mejor aliada. Me concebía segura con quien pulsaba el corazoncito de aceptación, daba a la derecha y comenzaba la plática. Fueron muchos, muchos los momentos con personas extrañas, sin sentido y a todos les otorgaba esa esperanza en las que mis respuestas por fin serían aclaradas. Descubrí muchos patrones, de los que también escribiré en algún momento.  No, las respuestas tampoco estaban ahí.

A mis 38, un año después de haber pasado uno de los cumpleaños más sorprendentes y amorosos, decidí regalarme una terapia. Ya no se trataba de ir a contar los problemas del pasado, ni el futuro, sino del presente y qué hacer con todo lo que traía, especialmente esa búsqueda.

Nunca supe que la verdadera historia a las respuestas con las que cargué por más de 20 años cobraría sentido en ser compañera, amiga de Alma Italia. Pese a que todos mis cercanos, los realmente invaluables, nunca se cansaron de decirme y hacerme ver que el verdadero y auténtico amor está en mí, no comprendía lo que referenciaban. No había generado una real consciencia para ello. Sí, el amor propio, el no dar todo, el ser paciente, el dosificar, el dar espacio individual, amor y tolerancia no venía de nadie más, solo estaban en mí.

Llegó a mis manos, sugerencia terapeútica, el libro que cambiaría todo: “Las cinco heridas que impiden ser uno mismo”, de Lise Bourbeau. Con arrogancia, dudas, le entré a la lectura y al primer contacto real a esa búsqueda intensa de saberme amada por otros, pero no por mí. No todavía. Aprendí que todos los problemas de orden físico, emocional o mental provienen de cinco heridas importantes; el rechazo, el abandono, la humillación, la traición y la injusticia. Gracias a las descripciones detalladas de estas heridas y de las máscaras que me creé a los largo de mi existencia, nunca las vi, mucho menos las sentí. Identifiqué qué ocurría realmente y porqué me estaba perdiendo de la más mágica oportunidad: encontrarme en plenitud.

Supe en honestidad que, por lo menos la última década, cargaba con dos heridas profundas. Me encontré con toda la información suficiente para sanar, avanzar reconocerme como única, sin caer en el empoderamiento —término que no disfruto expresar, aunque comprendo—, pero sí en la plenitud de manifestar mis emociones y sentimientos sin miedo alguno. Saberme en una nueva forma de vida ya no tenía vuelta atrás.

Dentro de la sanación encontré que no siempre es necesario vivir con interrogantes sino con satisfacciones que lleven a la paz y plenitud. Que está bien no saber todo.

Comprendí que el dar todo es un compromiso fortísimo para el otro, porque se ve obligado a quedarse -y nadie quiere quedarse por fuerza-. Que es mejor ser la parte favorita de alguien y no el todo. Que lo que es para ti te busca, te encuentra y se queda contigo. Que la persona adecuada también te hará enamorarte de ti. Que nadie se va o se queda, sino hasta que hayamos aprendido lo que necesitábamos. Que seguí patrones de conducta porque nunca fui clara al pedir y cuando recibí todo lo que pedí, nunca supe qué hacer con ello, porque no sabía vivir en armonía. Que no quiero volver a ser la sin título de alguien.

Que las relaciones de pareja no llegan a plenitud y confianza si no es por la autenticidad de saberse en paz. Que no hay complementos, si se busca ser el complemento perfecto de alguien es que hay una carencia de algo. Que no hay nada más limpio y puro que saberse en honestidad y no solo en impulso. Que el paso de los años me han impedido arrojarme ante aquel que me endulce el oído, pues tengo la suficiente dosis de dulzura para amarme. Que otorgar perdón, sanación, quitar creencias e ideologías está bien, si así se quiere. Que este mundo necesita más educación en inteligencia emocional. Que sí hay cuándos resueltos si estás dispuesto a tomar las riendas de tu vida, porque ese es el punto de partida para llegar a nuevos cómos. Que en mi familia nunca me exigieron casarme o ser la pareja de alguien para ser feliz; pues reconocen y aman mis procesos. Que mis amigos siempre respetarán decisiones que tome, pero nunca escatimarán en darme un empujón o jalón para no detenerme. Que hay parejas imperfectas sin conocerse. Que sí es posible cubrir las necesidades de pareja, siempre y cuando se tenga la claridad, objetividad y seguridad. Si lo quieres ¡pídelo! Que tener 20, 30 o los años que sean no obligan a seguir patrones que en automático nos compramos. Que la soledad, soltería son la mejor oportunidad para aprendernos, retomarnos una y otra vez. Que los años, sí dan experiencia.

Que las respuestas no llegarán en una persona, sino en la paz de sabernos únicos y autosuficientes. Que no hay búsqueda más absurda que la hacemos fuera de nosotros, sin saber que las respuestas siempre estarán adentro. Que todo llegará cuando deba ser.

Deseo que te busques y te encuentres en lo que tenga que ser.

P.D. Mi búsqueda está llena de reconstrucción.  

Published by Alma Italia

Responsable de la mujer de cuatro décadas. Misión: Construir en la vida propia y en los cercanos. Visión: Consolidar cada reto como una nueva experiencia. Valores: Amor, gratitud, responsabilidad, libertad, confianza, entrega, solidaridad, autonomía, humanismo, sinceridad, verdad, igualdad, valentía, paz, armonía, lealtad.

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