Agosto

“Es bueno tener un final de recorrido hacia donde ir; pero es el viaje lo que importa, al final”. Ernest Hemingway

El octavo mes del año, por lo menos en México, es uno de esos que pasa sin advertencia, acontecimiento o emoción alguna. No hay algo patrio qué celebrar. Las vacaciones escolares de verano, en un periodo sin pandemia, son intrascendentales. Las lluvias son intensas, los campos se visten de  verde; pero para mí, desde que recuerdo, eran la espera máxima de la gala a la vida, a los ciclos y a las oportunidades.

Cada 5 de agosto, en mi familia se vivían momentos de música, comida, bebida,  cantos, reuniones, amigos, tíos, hermanos, primos y conocidos nos reuníamos para conmemorar el nacimiento de Antonio Emigdio Mendoza Sánchez, mi padre. Nacido en 1950 en Tenango del Valle, Estado de México, municipio cercano a la capital mexiquense.

Antonio hacía de ese día, después de la Navidad, el más especial. Siempre se esmeró por ofrecerse una fiesta digna de reconocimiento propio, porque rara vez pensó en cómo agradar a los demás. Sabía que al disfrutar él, los demás lo harían. Desde semanas antes se planeaba el menú a compartir con los poco más de 150 invitados, generalmente. A veces era barbacoa, otras carnitas, mariscos, carne asada, lo que fuera, pero era su gusto.  No escatimaba. En algún momento mi madre tuvo que comprar cazuelas gigantes, cacerolas, vajillas, cubiertos, vasos, servilleteros y todo artículo que hiciera más fácil el servicio en el día, porque no importaba que fuera día hábil o fin de semana, el 5 de agosto era la festividad.

No, a él no le importaban los regalos, sino la reunión para saberse único, especial y rodeado de cariño. Eso contagiaba. Días antes de la recepción ensayaba en su guitarra las canciones que cantaría, la que pediría al mariachi, al trío, al guitarrista o al grupo versátil, porque siempre hubo música en directo. Naila, su canción favorita, (https://www.youtube.com/watch?v=0D0Zr1JQu6Q ) porque gozaba recitar  La profecía, escucharla de él era una vibración inexplicable. No faltaba quien, al oírlo recitar completamente el poema, soltara una lágrima u ovación. Antonio aprendió a hacer de su cumpleaños el evento del año, pues compartió ese día como el logro, victoria y  nueva oportunidad para agradecer, amar, entregar, compartir, bendecir, disfrutar, comer y beber a más no poder.

Fue un niño con carencias económicas y emocionales, porque siempre nos contó de ello no como una forma de conmiserar su existencia, sino hacer de esa historia su fortaleza del amor.  Pese a que en su infancia no existió ceremonia alguna como las que de adulto se organizaba, jamás reprochó el hecho, por el contrario, demostró que sí hay días mágicos. Fue resiliente, sin conocer el término.

Toño, El tigre, trabajó desde los 14 años de edad. Temía a las alturas y las emociones fuertes, pues desde pequeño fue obligado a subir a los postes de luz, lo que le ocasionó vértigo.  Laboró en Comisión Federal de Electricidad durante 29 años. Con carrera técnica trunca, siempre supo de finanzas, administración, política —acción que mayor satisfacción le dio en la vida—pues procuró servir a la comunidad como representante de sector. Autodidacta, amante de la lectura, oratoria, fan de la radio y estar siempre informado, culto, si algo no sabía buscaba la forma de conocerlo o expresaba: “si no sabes ¡pregunta! Sin pena, chingada madre.” De voz grave y carácter fuerte ante los demás, porque ante sus hijos y esposa era el hombre más noble y sensible, muchas veces débil. Procuró nuestra preparación profesional y en valores.  

Desde joven disfrutó del dinero, la vida, la diversión, los viajes en carretera. Era un deleite escuchar sus historias, detalles que convertía en el sueño más grande de conquistar. De amor inconmensurable, pues nunca escatimó en abrazos, besos, apapachos, bromas, detalles físicos. A mamá en ningún 14 de febrero, día de la madre, aniversario de bodas civil  —11 de agosto— y religioso —20 de noviembre— faltó un regalo: flores, cartas, peluches, muñecas; mientras que para nuestros cumpleaños o exaltación de algún logro compraba pastel, gelatina. Siempre sorprendente en el festejo.  A sus amigos llamaba por teléfono para felicitarlos.

Y es que El gordito, demostró que el amor viene en miles de formas: En ayudar al prójimo, en tender una mano, en orar, rezar. Expresar emociones o sentimientos no le era difícil. Llorar tampoco. Alguna vez un chamán le dijo que él era un llorón por naturaleza, porque nació en el mes de las aguas. Convertía el día más difícil en el más pleno, en la situación económica de crisis en la fortaleza para avanzar a un siguiente paso, con mi madre y nosotros.

Atesorador de momentos únicos que sabía no se repetirían jamás. Desde que sus tres hijos nacimos, realizó grabaciones en casets. En ellos narraba sus emociones, la forma en que habíamos llegado al mundo. Nuestras primeras palabras, canciones, llantos, berrinches, gritos. Así supe que un 24 de mayo de 1981 yo daría mis primeros pasos, que mi hermana dijo sus primeras palabras un 17 de octubre de 1983, que mi hermano llegó al mundo un miércoles. Aún conservamos su voz en cintas.

Siempre olía rico, tenía una gran colección de lociones. Pulcro, de manos largas, uñas siempre bien cuidadas, zapatos impecables. Cabello delgado y lacio. Ojos color miel. Moreno.  Era metódico y ordenado. Jugaba frontenis. Tenía su club de Toby con quienes se reunía los jueves, tras el juego venía la bohemia y lo que ello reúne. Amante del tequila.

Enfrentó un sinfín de batallas, como el enamorarse de mi madre, a quien conoció cuando ella tenía 16 y él 28. Su historia es un aplauso y reconocimiento al distinguir que cuando se quiere estar con alguien nada ni nadie los separa. Fue con todo y por todo; porque cuando mi padre y madre supieron que yo vendría en camino, él le ofreció a ella casarse y mudarse juntos. Esto trajo problemas en la familia paterna, pues Antonio ¡ya estaba comprometido en matrimonio con alguien más! El amor por Fabiola, mi madre, fue inmenso. Nunca le importó el qué dirán al romper esa alianza. Sabía que el amor por esa mujer valdría todo en su vida. No se equivocó. Fueron un gran equipo. Él, amoroso y entregado; ella, metódica y cautelosa. Él, detallista y ella, un poco más reservada. Él, risueño y ella seria. El Ying y el Yang perfecto. La balanza de un todo.

En la remembranza  29 de su aniversario de bodas, nos reunimos en familia. Hablamos de las historias que habrían tenido en casi tres décadas de permanecer juntos en matrimonio, reímos, cantamos, comimos delicioso. El mensaje que  él dio a ella: “Agradezco a esta mujer que me ha acompañado, sin ella no seríamos lo que somos. Porque, sépanlo, ella es mi pareja, mi par, la que jala, empuja, avienta, corre, se detiene cuando es necesario para esperar por mí. Por eso somos dos. Si uno se queda atrás, ahí estamos el otro para ser uno y juntos avanzar”.

Y es que agosto ya no era un mes cualquiera, era de sorpresas, porque fue un 26 de agosto de 2008 en el que Antonio nos hiciera saber que la vida tiene un ciclo. Esa noche de martes, en la cama de un hospital, luego de varios infartos, detuvo su corazón, con lo que su andar se detenía. Su amor no se apagaba, dejaba el plano terrenal para emprender su camino a un lugar del que aún desconozco, pero mi fe y alma conciben que está bien. Porque Antonio sabía que no dejaba destrozos, enojos, rencores. Su legado era insuperable e inigualable en todos aquellos que lo conocimos y amamos.

El 5 de agosto de ese 2008 tuvimos la celebración más sorprendente de toda la existencia: todos los hermanos, con hijos; primos, amigos, compañeros de trabajo estábamos reunidos. Cantó, como cada año, bebió hasta que ya no pudo más en consciencia, disfrutó… parecía que él sabía su final. — Aún deseo saber si él presentía que sería la última vez en un acto así—. Era una despedida insospechada, era como si él supiera que su ciclo estaba cercano a terminar. Al final de esa fiesta recuerdo su expresión: “He cumplido”.

Agosto, para mí,  no es un mes cualquiera, desde aquel 2008 aprendí que somos ciclos, de amor, alegría o dolor y que haremos de nuestros días magia o una pesadilla. Que somos un cúmulo de sorpresas, que no es posible detenernos a enojarnos con los que amamos y que éstos no porque nos amen deben soportar todo, pero que el amor todo lo puede. Que no hay que dejar para después algo importante para los otros, a quienes especialmente amamos. Que hay que cantar y reír, pero también llorar hasta que ya no haya más en el tiempo. Que siempre hay que expresar y hablar o escribir. Que somos las historias que deseamos conmemorar. Que los cumpleaños son únicos, porque nos da la oportunidad de estar, de vivir, gozar, amar, recibir. Que somos un ciclo. Que el tiempo no es un mes, un día o un año, sino lo que hagas de él como experiencia.

Alguna vez en terapia pregunté si yo buscaba a mi padre en mis parejas, la respuesta del terapeuta fue que no era así, pues yo tenía definido quién y cómo era mi figura paterna;  lo que en realidad deseaba era encontrar un hombre fortalecido, reconstruido, tanto más que él, porque eso hubo siempre en mi crecimiento, amor infinito para hacerme saber que cuando se quiere cambiar la historia, el destino, es posible. Que mi amor y agradecimiento lo reconocen como hombre, esposo de mi madre, padre de familia y valioso humano compartido. Porque tú, Antonio, en tu agosto, fuiste inusual.


Porque, gracias a ti, papá, agosto me enseñó a celebrar la vida y la muerte, con amor, alegría, con tristeza, dolor y aprendizaje.
Te honro.

Published by Alma Italia

Responsable de la mujer de cuatro décadas. Misión: Construir en la vida propia y en los cercanos. Visión: Consolidar cada reto como una nueva experiencia. Valores: Amor, gratitud, responsabilidad, libertad, confianza, entrega, solidaridad, autonomía, humanismo, sinceridad, verdad, igualdad, valentía, paz, armonía, lealtad.

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