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Con lo que me quedo

“Son los momentos en los que sientes el pulso de la vida en tu piel. No importa si es de día o de noche, si hace frío o calor. Lo único que cuenta es que te sientes protagonista de una historia fugaz y al mismo tiempo eterna”.

Al escribir solo pienso que desearía ser como una computadora que almacena datos, horas, palabras precisas, imágenes, carpetas, archivos y la exactitud de lo realizado. Sin embargo, solo tengo una mente que fija vivencias e instantes cargados de sensaciones, palabras, olores, gestos, sabores, sentimientos y hasta creencias.

Este es el momento en el que escribo una de las historias más puras de amor que he tenido, desde la madurez de pensamiento y reconstrucción de mí. El alma de Italia necesita paz, equilibro, perdón, reconocimiento y agradecimiento, porque durante algunos días se inundó de preguntas tras una separación —obligada o no— que, hasta ahora, no tienen todas las respuestas necesarias y como lo he leído o escuchado, solo el tiempo dirá para qué ocurrió; entonces, ahí las encontraré.

2020 ha sido el mejor año de mi existencia, me permitió ir hacia dentro, revalorar la misión de vida, aprender de la compasión, del respeto, tolerancia, paciencia y prudencia. Me ha traído a grandes maestros, entre ellos a Miguel Ángel, como el artista más famoso del mundo.

Y es que Miguel Ángel, sin saberlo, fue mi referente de compartir, de entrega, compañerismo, constancia, respeto, admiración. ¿Por qué? Porque, así como el italiano, fue el escultor del alma, cinceló las piedras del camino para convertirlas en monumentos de aprendizaje; el arquitecto, porque trazó retos, diseñó algunos de sus sueños; el pintor, porque iluminó mi alma de paz y calma, llenó de colores mis sonrisas, mis días, mis pensamientos, sueños, deseos. Transformó el alma de Italia para ser mejor día a día en la versión más honesta, pura y entregada. No obstante, todo cumple un ciclo, el mío con él tiene esa pausa necesaria. En el fondo aún no la deseo, porque soy de esas que guardan esperanza, que luchan, jalan, esperan, pero si no existe respuesta a las incógnitas como: ¿En qué momento cambió todo? ¿Qué existió en el fondo para que todo se transformara?, ¿es tan difícil enfrentar, ser claro y hablar en honestidad? No más dudas. Llegó la hora de agradecer, aprender y avanzar, desde, por, con y en el amor.

Y hoy renuncio. Renuncio a guardar dudas, miedos, incertidumbres ante algo que sé no merezco. Renuncio al dolor de no obtener una respuesta ante eso que nos hizo transformar una relación de dos que, desde hace mucho, creo que en ésta siempre estará mi verdad, tu verdad y la verdad. Hoy escribo la mía y para llegar a esa reflexión hay que atravesar el duelo y con ello me rencuentre con un verdadero YO. Esta es mi parte: la aceptación.

La renuncia es parte del proceso de la vida. Es hora de soltar. A veces, soltar no es necesariamente un sacrificio ni un adiós, sino más bien un gracias por todo lo aprendido. Estas letras tienen ese sentido, agradecer por lo que fue y lo que no, por sostener esa memoria que, aunque no de computadora, es perfecta en sus sensaciones, recuerdos, emociones y sentimientos. No importa el tiempo, no importa la distancia, los reencuentros… Importa lo que se ha quedado. Hay que dejar ir todo para descansar, para poder seguir y dormir; pero sobretodo, para despertar con ganas de hacer algo nuevo.

 Y como en toda renuncia siempre queda un finiquito, ¿sabes con qué me quedo?

Me quedo con una profunda aceptación a los procesos para soltar. A veces cuesta trabajo, pero lo mejor es identificarlos y hacer algo para ello. No una acción inmediata, a veces hacer nada también es hacer algo.

Me quedo con las espirales de pensamiento que llegan para encajar en la congruencia, éstas me permiten analizar algo que ya había vivido y cómo lo vivo ahora, están para tocar un punto en el que puedo inspirarme nuevamente.

Me quedo con los acompañamientos para el crecimiento y entendimiento.

Me quedo con la experiencia de haber comunicado, no sé si con las palabras adecuadas, pero sí con aquellas llenas de amor, reconocimiento y entrega. 

Me quedo con la enseñanza de saber que la pareja es una evaluación del amor propio.

Me quedo con la responsabilidad de mis actos para transformar y ser mejor ante la empatía, la escucha, el respeto y la tolerancia.

Me quedo con la fortuna de saber que a esta relación no llegué desde la carencia, sino con toda la plenitud de amar solo para compartir, no buscando el amor desde un lugar de necesidad, sino desde el amor propio, verdadero, auténtico y con todo aquello que es un ser humano.

Me quedo con el conocimiento de saber que nada y nadie nos pertenece, más que nuestra propia trascendencia.

Me quedo con la aceptación que me hace saber que ante cualquier muerte viene un nacimiento, una vida. Todo necesita morir para renacer: las hojas, los animales… soltar, como los árboles sueltan sus hojas: con gracia, con humildad, con aceptación.

Me quedo con la parte de la filosofía budista y su concepto de felicidad que ésta no es más que un estado mental de calma y bienestar. Así pues, atiende con sosiego y sabiduría todo aquello que me envuelve para intuir qué me ofrece serenidad y qué ruido, qué y quién nutre mi alma con respeto y qué o quién me trae tempestades en días despejados.

Me quedo con la fortuna de haberte conocido, porque nunca olvidaré ese día, desde ahí fui feliz de una forma diferente, supe que en cualquier circunstancia te querría, cuidaría, acompañaría, respetaría y agradecería. Me quedo con las risas compartidas, aquella primera vez en que carcajeamos por una espinaca en mi sonrisa, los mensajes de texto, los abrazos, las palabras honestas en el reconocimiento, las llamadas telefónicas que deseaba nunca terminaran, las sorpresas, los detalles, las canciones no compartidas, la forma mágica de darme los buenos días y abrazarnos a la distancia por las noches. La canción que me hace saber que soy la cándida niña. Me quedo con nuestra caminata por mi lugar favorito de la ciudad. Me quedo con la forma en que disfrutabas la comida que preparé con amor. Me quedo con los argumentos dados para transformar mi manera de ver el significado de la palabra éxito. Me quedo con el hombre que le dio voz al texto que me impulsó a creer en más sueños, tal como Walt Disney lo expresó. Me quedo con el reconocimiento de haber entregado sin miedo, sin dudas, sin pretensiones. Me quedo con el que me enseña a fortalecer el pensamiento con acciones positivas. Me quedo con esa mirada profunda, a veces vacía, a veces llena de sueños o dudas. Me quedo con el hombre que me abrazó bajo la luna.  Me quedo con esos besos que transformaron mi sonrisa. Me quedo con esos gestos al oler un cerillo apagado. Me quedo con las tardes y noches de pláticas mientras compartíamos un cigarro. Me quedo con esas veces en las que no solo unimos cuerpos; sino que entregué en confianza, plenitud y fe el alma. Me quedo con lo mejor de nosotros en unión, porque creo profundamente que el Universo para algo nos hizo coincidir. Me quedo con ese café recién preparado, con una de azúcar por una de crema, para disfrutar una tarde de plática. Me quedo con las tardes de comidas compartidas. Me quedo con la satisfacción de haber creído en ti como ser imperfecto que sabe reconstruirse. Me quedo con la tranquilidad de saber que di hasta donde fue permitido, no porque no quisiera; sino por el respeto que mereces. Me quedo con el agrado de saber que sí soy capaz de jalar, empujar y esperar por un compañero en cualquier circunstancia.  Me quedo con las preguntas que no te puedo hacer de frente, porque las respuestas también están en el silencio, la indiferencia, intuición, experiencia, compasión, determinaciones. No todo debe ser escrito, hablado o escuchado. Me quedo con el mensaje de una playera “Vive y aprende”, con el deseo de recibir una sorpresa tuya plasmada en un diseño que sé tanto me hubiera encantado. Me quedo con esta versión de ti desde mi mirada, desde mis ojos, de esa forma en que te veo solo en el amor y trato honesto. Me quedo con el hombre lleno de cultura visual, musical, cinematográfica que para todo tiene la precisión de datos.  Me quedo con las tardes de series o películas abrazados en mi cama, también tuya.  Me quedo con esa forma sutil de enseñarme a respetar a los gatos. Me quedo con esos momentos en los que juro fuimos infinitos. Me quedo con el hombre que además tiene adversidades y sabe enfrentarlas a su ritmo, tiempo, paso. Me quedo con el niño pequeño al que no se le concedió lo que necesitaba, porque muchas veces, los niños no saben cómo pedir lo que quieren, esto llega, quizás, hasta que un adulto o alguien con experiencia le enseña a que eso ocurra. Otros quizá solo aprenderán con las funciones que les han servido a lo largo de una existencia.

Me quedo con todo lo bueno de tu esencia, porque no deseo, ni quiero, recordarte como una parte dolorosa de un proceso; sino como eso mágico que hay en ti. Deseo que algún día ese hombre comprenda lo que pronuncié          —como Frida a Diego— “Si yo pudiera darte una cosa en la vida, me gustaría darte la capacidad de verte a ti mismo a través de mis ojos. Sólo entonces te darás cuenta de lo especial que eres para mí”, porque entonces habrás comprendido a abrirte y aceptar el amor desde la honestidad, sin miedo al abandono.  Me quedo con esta historia que me hace saber que merecemos a alguien que comprenda lo raro que somos.

Pero con quien realmente me quedo es con una mujer capaz de resolverse la vida, que cree en milagros, mi logro, que deja ir para dejar entrar, que se deshace de ilusiones para abrirse a la libertad; me quedo es con esa Alma de Italia que se abraza, disfruta, ama y respeta.

Me quedo con el momento perfecto: hoy.

Del 2021

«Siento un nuevo comienzo acercándose a mí y estoy corriendo hacia él con los brazos abiertos».

Almita:

Qué bonito suena esa unión de tus dos nombres. Te felicito porque has abierto la puerta al alma de Italia, porque has descubierto que Alma es esa ternura necesaria, la que siempre diste y que estás dispuesta a recibir, porque ya has aprendido lo suficiente para saberte merecedora. Italia sin duda vive la fiesta absoluta de saberte en plenitud, como lo mencionó una de tus guías alguna vez: es esa mujer salvaje, intensa, pasional, entregada, llena de sorpresas.

Ya llegó tu momento, ese en el que esperaste ser más luz y la vela que ayudará a que este mundo sea mejor. Te adelanto que has entrenado mucho el alma, la mente, el cuerpo, el espíritu y está por llegar todo eso que has deseado con lo que eres: el alma de Italia.  Viene el amor en plenitud, más trabajo y cadenas de ayuda a esas personas que requieren de tu profesión y profesionalismo.
Qué bien te ves abriendo tu empresa y creyendo en tus sueños. Me alegra saber que has dejado el temor de lado, ahora lo has usado para atreverte a llegar más lejos por ti sola y no esperas a que alguien venga a resolver todo aquello que eres capaz de hacerlo por ti. Tus amigos cuidarán cada vez más de ti, tu familia seguirá recibiendo ese amor que tienes y ellos respetarán todo eso que has trabajado; pero donde te digo que de verdad debes alistarte porque el compañero de vida que tanto has pedido, ese hombre en integridad y en reconstrucción está pronto a encontrarte. Esta vez no saldrás a buscarlo, porque te sorprenderé dónde, cuándo y con quién menos lo esperes. Alístate, porque, así como te has amado tanto, él te ha buscado porque sabe que sabes amar. Por cierto, ya te vi alistado el camino para tus sueños materiales. Ese auto te está esperando. Tienes 365 días para ir por él. Todo lo que has buscado para construir tu morada, donde pasarás las últimas décadas de tu vida, está en ese sitio perfecto que has visualizado con la luz que deseas. Con honestidad y profundidad te digo que debes creer que eres merecedora de todo eso que has trabajado.
Te felicito por recibir ayuda de muchos maestros, los de yoga, tu equipo de entrenamiento físico, tus terapeutas, esos compañeros, a quienes llamaste crushes y que se convirtieron en tus parejas  que te puse en el camino, no como obstáculos, sino como maestros a quienes tenías que dejar ir para encontrarte contigo;  a las terapias del cacao y sus integrantes, a tu familia, amigos, conocidos, gente del trabajo y todos los que, sin que lo vieras, han creído en ti, porque por fin creíste en ti, en tu luz, tu magia. Brillas hermoso ¡y mírate! Pero qué guapa que te has puesto.
Vivir desde el corazón es ser un viajero. Yo te abro a la prosperidad y abundancia.  
Acuérdate de releerte, así a mi finl te preguntaré: “¿Recuerdas los meses?” Lo increíble de escribirte. Acuérdate siempre de ello.

Te amo, eres perfecta. No tienes que improvisar.  Estás en el lugar preciso. Está bien si no le agradas a la gente, si no te quiere, si no desea estar contigo, porque has aprendido a estar contigo respetando el silencio y espacio de esos que no vibran. Recuerda que estás aprendiendo de los otros, estás abriendo los sentidos para ser más.

Recuerda los Cuatro acuerdos.
Deja atrás la voz del ego.

Confía en ti, confía, confía.
Recuerda cuánto has crecido y cuánto has pasado para llegar a este momento. Acuérdate de todo eso mágico en lo que has creído y las experiencias que has construido, lo que has dejado y te han dejado otros.

No te resistas, es momento de despertar a algo nuevo y generar una nueva dirección. Cuando estás en mayor resistencia es porque estás lista a despertar y avanzar en otra dirección. ¿Recuerdas que hubo oscuridad en el 2020?Ahora eres luz, eres mi guía y la vela que encenderá a otras.

Como alguna vez te lo mandé en un mensaje en una de tus terapias: Es tu momento. Llegó la hora.

Te deseo que disfrutes de esa mujer que hoy ha nacido.

Gracias por aceptarme con fe, esperanza y amor.
Atte:
2021

¡Vivan los fracasos!

“El fracaso es una gran oportunidad para empezar otra vez con más inteligencia”. Henry Ford

¿Y si fracasas, qué?

La Real Academia de la Lengua dice que el fracaso es el resultado adverso en una cosa que se esperaba sucediese bien.

¿Por qué no celebramos un fracaso?

Primero, debemos entender que fracaso (así como cualquier otra palabra), es eso, un concepto aceptado y acordado por el imaginario social para describir sentimientos abstractos, situaciones, y eventos, basados en definiciones que cambian constantemente en el contexto del tiempo, cultura y sociedad.

Irónicamente, aún cuando pasa todos los días en el mundo, todavía le tenemos miedo. El fracaso es incómodo. ¡Apesta! Nos saca de nuestra zona de confort y esperamos que pasen los días sin tener que experimentarlo. A veces nos reímos o sentimos lástima por las personas que han fracasado, al mismo tiempo que agradecemos que no fuimos nosotros.  

Cuando el fracaso ocurre, pocas veces indagamos o tratamos de aprender de ello. Preferimos olvidar, y seguir adelante. Dejamos que esto se acumule, cometiendo los mismo errores una y otra vez. Esconder los fracasos hace imposible tener conversaciones que aún en la retroalimentación nutritiva y la autocomprensión.

¿Qué tal que armas una lista de esos fracasos que te llevaron a una mejor zona de aprendizaje?
Enlisté los míos y comparto algunos que este 2020 me dejó:

  1. Relación amorosa de pareja. El no haber continuado con una pareja que no estuvo dispuesto a dar más para avanzar juntos. ¿Qué celebro de esto? Que pude agradecer y bendecir el camino de ese compañero, que me regaló luz. Amor profundo hacia mí y responder de una manera asertiva. Honro el proceso, porque no pude dar más de mí y solo pude resguardarme en lo que es real: Yo.

2. Personas que decidieron irse de mi camino. Celebro que no estén más. Me enseñaron a extrañar y a saber que no todo debe ser correspondido. Que hay personas que temen a vibras, luz, pasos, sueños o deseos. Aprendí a respetar su decisión y a llenarlos de buenos momentos.

3. Trabajo. Fracasé como Godínez. Descubrí que ser mi propio jefe tiene sus riesgos, pero sus grandes recompensas. Aprendí a ordenar mis días de trabajo, eso permitió que tuviera mayor disposición en el tiempo conmigo y para entregar en calidad a los demás. Celebro que no haya seguido en trabajos donde no estaba creciendo y no era feliz. Donde no recibía la remuneración económica y de reconocimiento necesitada, no por ego, sino por la plenitud de saberme útil en lo que amo, sin seguir ideologías contradictorias.

4. Carrera artística. Fracasé como standupera. En el 2020 decidí estudiar stand up. No pude. Lo celebro porque sé que no es precisamente lo mío; pero no me quedé con las ganas de llevarlo a cabo y de aprender. De reconocer que hacer reír no es fácil, estructurar un tema que genere entendimiento para el entretenimiento de otros no cualquiera puede hacerlo. Al principio me divertí, pero sé que no fue el momento. Quizá más adelante lo vuelva a hacer, pero con otra conciencia.

Cuando celebramos los fracasos recordemos que somos esos locos que necesita el mundo. Somos puentes, no separaciones. Entre más vivamos, más conexiones amorosas generamos. Eso hace un fracaso. Llenar de amor los procesos necesarios para aprender.

Conectamos personas o situaciones que jamás encontraríamos sin amor. El corazón celebra todo lo que pasa o lo que no pasa, debemos dejar de tener miedo. Dejar de tener miedo es buscar el reto, el agradecimiento y solo sigo caminando para ver qué ocurrirá. Eso hace que el corazón festeje.

Entonces ¡festejemos!

La vida

Nuestra vida siempre expresa el resultado de nuestros pensamientos dominantes. S. Kierkegaard

Hace unos días, en un ejercicio grupal terapéutico la guía preguntó: “¿Qué es la vida?”

Los presentes levantamos los ojos, algunos sonrieron, otros callaron y otros tantos solo reflexionamos.
A mí solo me quedó la tarea para escribir una carta, en la que no pude mas que expresar la experiencia propia, de la que muchos podrán juzgar, ver con otra perspectiva, pero sólo sé que es mía y ella misma será quien determine cuándo terminará.

Querida vida:

¡Qué hija de puta eres! Pero la mejor, gran y única maestra.
¿Por qué nadie me dijo que serías realmente hermosa? ¿Qué le pasó a mamá y papá para decirme que eres difícil, complicada y a veces dolorosa?

¿Sabes?
Ahora que he aprendido amarte, respetarte y honrarte, solo me queda decirte que sí, ellos tienen razón; pero es por lo que ellos han querido comprarse en sus propias historias, porque, aunque no lo creas, después de tanta victimización, dolor, auto conmiseración, cero respeto y tolerancia, comprendí que —por mis propios medios— que cada uno te veremos- entenderemos con el amor que construyamos.  No, no quiere decir que mis padres no tuvieran amor, solo que, a su manera, vieron otra cara de ti.
¡Eres una cabrona! Porque durante muchos años te mantuviste escondida como la parte hermosa de esta historia, mi historia. Sólo sé que tienes perdón, amor, enseñanzas y que agradezco coloques a las personas importantes, maestros en mi camino, con todo lo que tengan que enseñarme. Bueno, también eres una señorona, que debo aprovechar turbo chingón para saber que todo es pasajero y que, como me lo has enseñado en los últimos meses: todo estará bien.

¡Te amo! Te amo con lo que soy: intensidad, pasión, alegría, compasión, experiencia, compañera, agradecimiento.

Hasta que tú y yo podamos estar juntas, ten por seguro que haré todo lo que esté en mí para mantener equilibro, así seguir con esto que gozamos juntas.

Gracias por darme de ti, gracias por ser fortaleza, gracias por ser tú en lo más hermoso que tengo: Alma Italia.

Agosto

“Es bueno tener un final de recorrido hacia donde ir; pero es el viaje lo que importa, al final”. Ernest Hemingway

El octavo mes del año, por lo menos en México, es uno de esos que pasa sin advertencia, acontecimiento o emoción alguna. No hay algo patrio qué celebrar. Las vacaciones escolares de verano, en un periodo sin pandemia, son intrascendentales. Las lluvias son intensas, los campos se visten de  verde; pero para mí, desde que recuerdo, eran la espera máxima de la gala a la vida, a los ciclos y a las oportunidades.

Cada 5 de agosto, en mi familia se vivían momentos de música, comida, bebida,  cantos, reuniones, amigos, tíos, hermanos, primos y conocidos nos reuníamos para conmemorar el nacimiento de Antonio Emigdio Mendoza Sánchez, mi padre. Nacido en 1950 en Tenango del Valle, Estado de México, municipio cercano a la capital mexiquense.

Antonio hacía de ese día, después de la Navidad, el más especial. Siempre se esmeró por ofrecerse una fiesta digna de reconocimiento propio, porque rara vez pensó en cómo agradar a los demás. Sabía que al disfrutar él, los demás lo harían. Desde semanas antes se planeaba el menú a compartir con los poco más de 150 invitados, generalmente. A veces era barbacoa, otras carnitas, mariscos, carne asada, lo que fuera, pero era su gusto.  No escatimaba. En algún momento mi madre tuvo que comprar cazuelas gigantes, cacerolas, vajillas, cubiertos, vasos, servilleteros y todo artículo que hiciera más fácil el servicio en el día, porque no importaba que fuera día hábil o fin de semana, el 5 de agosto era la festividad.

No, a él no le importaban los regalos, sino la reunión para saberse único, especial y rodeado de cariño. Eso contagiaba. Días antes de la recepción ensayaba en su guitarra las canciones que cantaría, la que pediría al mariachi, al trío, al guitarrista o al grupo versátil, porque siempre hubo música en directo. Naila, su canción favorita, (https://www.youtube.com/watch?v=0D0Zr1JQu6Q ) porque gozaba recitar  La profecía, escucharla de él era una vibración inexplicable. No faltaba quien, al oírlo recitar completamente el poema, soltara una lágrima u ovación. Antonio aprendió a hacer de su cumpleaños el evento del año, pues compartió ese día como el logro, victoria y  nueva oportunidad para agradecer, amar, entregar, compartir, bendecir, disfrutar, comer y beber a más no poder.

Fue un niño con carencias económicas y emocionales, porque siempre nos contó de ello no como una forma de conmiserar su existencia, sino hacer de esa historia su fortaleza del amor.  Pese a que en su infancia no existió ceremonia alguna como las que de adulto se organizaba, jamás reprochó el hecho, por el contrario, demostró que sí hay días mágicos. Fue resiliente, sin conocer el término.

Toño, El tigre, trabajó desde los 14 años de edad. Temía a las alturas y las emociones fuertes, pues desde pequeño fue obligado a subir a los postes de luz, lo que le ocasionó vértigo.  Laboró en Comisión Federal de Electricidad durante 29 años. Con carrera técnica trunca, siempre supo de finanzas, administración, política —acción que mayor satisfacción le dio en la vida—pues procuró servir a la comunidad como representante de sector. Autodidacta, amante de la lectura, oratoria, fan de la radio y estar siempre informado, culto, si algo no sabía buscaba la forma de conocerlo o expresaba: “si no sabes ¡pregunta! Sin pena, chingada madre.” De voz grave y carácter fuerte ante los demás, porque ante sus hijos y esposa era el hombre más noble y sensible, muchas veces débil. Procuró nuestra preparación profesional y en valores.  

Desde joven disfrutó del dinero, la vida, la diversión, los viajes en carretera. Era un deleite escuchar sus historias, detalles que convertía en el sueño más grande de conquistar. De amor inconmensurable, pues nunca escatimó en abrazos, besos, apapachos, bromas, detalles físicos. A mamá en ningún 14 de febrero, día de la madre, aniversario de bodas civil  —11 de agosto— y religioso —20 de noviembre— faltó un regalo: flores, cartas, peluches, muñecas; mientras que para nuestros cumpleaños o exaltación de algún logro compraba pastel, gelatina. Siempre sorprendente en el festejo.  A sus amigos llamaba por teléfono para felicitarlos.

Y es que El gordito, demostró que el amor viene en miles de formas: En ayudar al prójimo, en tender una mano, en orar, rezar. Expresar emociones o sentimientos no le era difícil. Llorar tampoco. Alguna vez un chamán le dijo que él era un llorón por naturaleza, porque nació en el mes de las aguas. Convertía el día más difícil en el más pleno, en la situación económica de crisis en la fortaleza para avanzar a un siguiente paso, con mi madre y nosotros.

Atesorador de momentos únicos que sabía no se repetirían jamás. Desde que sus tres hijos nacimos, realizó grabaciones en casets. En ellos narraba sus emociones, la forma en que habíamos llegado al mundo. Nuestras primeras palabras, canciones, llantos, berrinches, gritos. Así supe que un 24 de mayo de 1981 yo daría mis primeros pasos, que mi hermana dijo sus primeras palabras un 17 de octubre de 1983, que mi hermano llegó al mundo un miércoles. Aún conservamos su voz en cintas.

Siempre olía rico, tenía una gran colección de lociones. Pulcro, de manos largas, uñas siempre bien cuidadas, zapatos impecables. Cabello delgado y lacio. Ojos color miel. Moreno.  Era metódico y ordenado. Jugaba frontenis. Tenía su club de Toby con quienes se reunía los jueves, tras el juego venía la bohemia y lo que ello reúne. Amante del tequila.

Enfrentó un sinfín de batallas, como el enamorarse de mi madre, a quien conoció cuando ella tenía 16 y él 28. Su historia es un aplauso y reconocimiento al distinguir que cuando se quiere estar con alguien nada ni nadie los separa. Fue con todo y por todo; porque cuando mi padre y madre supieron que yo vendría en camino, él le ofreció a ella casarse y mudarse juntos. Esto trajo problemas en la familia paterna, pues Antonio ¡ya estaba comprometido en matrimonio con alguien más! El amor por Fabiola, mi madre, fue inmenso. Nunca le importó el qué dirán al romper esa alianza. Sabía que el amor por esa mujer valdría todo en su vida. No se equivocó. Fueron un gran equipo. Él, amoroso y entregado; ella, metódica y cautelosa. Él, detallista y ella, un poco más reservada. Él, risueño y ella seria. El Ying y el Yang perfecto. La balanza de un todo.

En la remembranza  29 de su aniversario de bodas, nos reunimos en familia. Hablamos de las historias que habrían tenido en casi tres décadas de permanecer juntos en matrimonio, reímos, cantamos, comimos delicioso. El mensaje que  él dio a ella: “Agradezco a esta mujer que me ha acompañado, sin ella no seríamos lo que somos. Porque, sépanlo, ella es mi pareja, mi par, la que jala, empuja, avienta, corre, se detiene cuando es necesario para esperar por mí. Por eso somos dos. Si uno se queda atrás, ahí estamos el otro para ser uno y juntos avanzar”.

Y es que agosto ya no era un mes cualquiera, era de sorpresas, porque fue un 26 de agosto de 2008 en el que Antonio nos hiciera saber que la vida tiene un ciclo. Esa noche de martes, en la cama de un hospital, luego de varios infartos, detuvo su corazón, con lo que su andar se detenía. Su amor no se apagaba, dejaba el plano terrenal para emprender su camino a un lugar del que aún desconozco, pero mi fe y alma conciben que está bien. Porque Antonio sabía que no dejaba destrozos, enojos, rencores. Su legado era insuperable e inigualable en todos aquellos que lo conocimos y amamos.

El 5 de agosto de ese 2008 tuvimos la celebración más sorprendente de toda la existencia: todos los hermanos, con hijos; primos, amigos, compañeros de trabajo estábamos reunidos. Cantó, como cada año, bebió hasta que ya no pudo más en consciencia, disfrutó… parecía que él sabía su final. — Aún deseo saber si él presentía que sería la última vez en un acto así—. Era una despedida insospechada, era como si él supiera que su ciclo estaba cercano a terminar. Al final de esa fiesta recuerdo su expresión: “He cumplido”.

Agosto, para mí,  no es un mes cualquiera, desde aquel 2008 aprendí que somos ciclos, de amor, alegría o dolor y que haremos de nuestros días magia o una pesadilla. Que somos un cúmulo de sorpresas, que no es posible detenernos a enojarnos con los que amamos y que éstos no porque nos amen deben soportar todo, pero que el amor todo lo puede. Que no hay que dejar para después algo importante para los otros, a quienes especialmente amamos. Que hay que cantar y reír, pero también llorar hasta que ya no haya más en el tiempo. Que siempre hay que expresar y hablar o escribir. Que somos las historias que deseamos conmemorar. Que los cumpleaños son únicos, porque nos da la oportunidad de estar, de vivir, gozar, amar, recibir. Que somos un ciclo. Que el tiempo no es un mes, un día o un año, sino lo que hagas de él como experiencia.

Alguna vez en terapia pregunté si yo buscaba a mi padre en mis parejas, la respuesta del terapeuta fue que no era así, pues yo tenía definido quién y cómo era mi figura paterna;  lo que en realidad deseaba era encontrar un hombre fortalecido, reconstruido, tanto más que él, porque eso hubo siempre en mi crecimiento, amor infinito para hacerme saber que cuando se quiere cambiar la historia, el destino, es posible. Que mi amor y agradecimiento lo reconocen como hombre, esposo de mi madre, padre de familia y valioso humano compartido. Porque tú, Antonio, en tu agosto, fuiste inusual.


Porque, gracias a ti, papá, agosto me enseñó a celebrar la vida y la muerte, con amor, alegría, con tristeza, dolor y aprendizaje.
Te honro.

Aquí te espero

Aristóteles decía que un deseo es  “el apetito de aquello que es placentero”. Descartes, como “agitación del alma causada por los espíritus que la disponen a querer para el porvenir las cosas que se representa como convenientes”. B. Spinoza, “la tristeza que se refiere a la falta de la cosa que amamos”. Lacan  lo ubica en la carencia esencial.

Tuve que leer y releer a distintos teóricos de todos los tiempos para saber si lo que hay aquí adentro es una necesidad o un deseo. Sé que todos los anteriores, en algún punto, tienen razón con base en experiencia, conciencia y demostración. De acuerdo con mi andar,  al alma, al anhelo no se les puede engañar.

Llevo algunos años reconstruyéndome y generando nuevas esperanzas —que no expectativas, de las que en algún momento escribiré—  en todo aquello sé puedo alcanzar y en algún punto, conseguir la plenitud de compartir con un compañero.

Hoy estoy lista no solo para esperarte, sino para recibirte con todo lo que soy, con lo aprendido y con lo que sé puedo dar. Porque sé que esto somos al encontrarnos con esa plenitud y reconstrucción de los (d) años.

Somos los mejores amigos, consejeros, porristas y acompañantes, el uno del otro. Creemos en un tú y yo, pero fortalecidos en un nosotros. Somos visionarios y previsores, compañeros de batallas, propositivos, comprometidos, responsables, honestos, cómplices. Hablamos con claridad. Somos paz y remanso el uno del otro.


Reímos y agradecemos. Perdonamos con, por y desde el amor. Alcanzamos metas, sueños y retos personales para compartirlos no solo entre nosotros. Nos conocimos para compartir y ser más por y desde el amor. Nos sorprendemos, abrazamos y besamos constantemente. Nos procuramos. Cuidamos de nuestra espiritualidad y fe. Aprendemos juntos. Respetamos y toleramos nuestros espacios. Respetamos y cuidamos de nuestras familias. Honramos nuestro crecimiento. Aprendemos juntos de todo: cultura, salud, ambiente, sociedad, espiritualidad. Nos cuidamos físicamente para gustarnos en todo momento. Viajamos. Recorremos pueblos, ciudades y lugares que haremos únicos con la experiencia. Maduramos y envejecemos juntos. Ahorramos para consolidarnos. Nos integramos a nuestro grupo de amigos. Respetamos nuestras diferencias. Impulsamos nuestros sueños. Nos dedicamos frases y canciones. Creemos en nuestras fortalezas, oportunidades y hacemos de las amenazas y debilidades áreas de oportunidad. Vamos al cine, a cenar y a divertirnos constantemente. Crecemos juntos. Nos responsabilizamos de nuestros actos y aportamos para ser mejores. Somos claros en lo que queremos y no. Nos abrazamos mucho. Lloramos y nos regocijamos. Nos conquistamos con honestidad. Nos hacemos reír, porque sabemos que ese es el mejor alimento para el alma. Comprendemos y aceptamos nuestro pasado, sin juicios, ni reproches. Creemos en nuestro presente. Fortalecemos nuestro futuro. Aprendemos todo el tiempo. Abrimos nuestros sentidos. Expresamos lo que no desagrada con respeto, tolerancia y aprendizaje. Nos mimamos mucho. Nos abrazamos cuando tenemos miedos, dudas, incertidumbres. Nos enviamos mensajes de amor, risas, sarcamos, sexo. Vivimos en un espacio que convertimos en nuestro hogar. Tenemos sexo de manera amorosa y también pasional desenfrenada con deseo absoluto carnal. Caminamos siempre de la mano. Somos novios. Eres un caballero y yo una gran dama. Somos dos almas listas a no volver a perdernos jamás.

Porque mi deseo no es solo una necesidad o una ilusión, es todo aquello que me hace decirte: Aquí estoy. Aquí te espero.

Palabras


La palabra, según la Real Academia de la lengua Española (RAE), significa una Expresión poco sincera o vacía de contenido; también es el discurso oral o escrito de una persona.

De acuerdo con la definición, este espacio tendrá por momentos sinceridad y contenidos vacíos; aunque existirán discursos, no de otros, sino todo aquello que ha envuelto a esta mujer.

No sé cuándo, cómo o dónde dejaré de escribir en este espacio; sin embargo, sé que todo viene desde experiencias, deseos, sueños, aprendizajes, aportes. Todo desde el alma de Italia, no de la nación, sino de la mujer que ha transcurrido 40 años de existencia.

Siempre he creído que la escritura, al igual que la palabra, tiene dos vertientes: expresar emociones y sentimientos con menos torpeza que cuando se habla y fluir en la mente sin tantos enredos. Para las acciones antes mencionadas se necesitan, curiosamente, también de dos elementos: Valor y determinación.

Y aquí estoy. Lista para abrirme no a un lector, sino a las ideas que piden salir de la mente, la razón y el corazón.

La búsqueda

«Las personas que disfrutan relaciones satisfactorias y estables son seres equilibrados. No andan en busca de alguien que ‘llene un hueco’. Reconocen su propia valía.» -Andrew Matthew-

¿Cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿por qué?, ¿para qué?, ¿con quién?, ¿de quién? No son solo las preguntas que envuelven al periodismo, profesión que ejercí 14 años de mi vida y eran las constantes a resolver en la vida laboral; sino que desde hace algunos años se convirtieron en las interrogantes a resolver en la búsqueda de pareja.

La ciencia, en diversos artículos de instituciones mundiales, afirma que el ser humano, por naturaleza, tiene la necesidad de encontrarse con una compañía que cumpla tres elementos primordiales:

La necesidad afectiva: Necesidad de amar y ser amados.

La necesidad de contacto sexual: Por supervivencia y por búsqueda – satisfacción del placer.

La necesidad social y de pertenencia: Necesitamos de los demás, sentirnos vinculados a una persona, alguien que nos enriquece.

Mi primer encuentro con las  necesidades antes mencionadas comenzó a los 11 años, la sexual no precisamente; pues ésta llegó 9 años después. No obstante, desde entonces, comprendí el significado de pertenecer y sentirme amada o, por lo menos, encontrarme en las formas de saberme interesante para alguien del sexo opuesto.

No ha sido sino hasta mis entrados 40 años que he descubierto la verdadera necesidad de formar vínculo, no solo sexual, con un compañero. La franqueza, madurez y sanación mental me han llevado a reconocer que mi búsqueda ha sido constante, aferrada, triste, decepcionante y sin consciencia, reitero, sino hasta hace poco. No lo lamento, tampoco me enorgullece, pero sí me deja grandes enseñanzas.

Pasé por todas esas etapas que pintan, representan o narran en libros, películas y especialmente, en las creencias e ideologías de una familia y sociedad mexicana. “Ser solterona es casi una vergüenza social. ¿Cómo tan exitosa, bonita y talentosa no consigas un novio?”

 A los 18 creí haber encontrado al amor de mi vida: una relación con quien hallé, a los 20 años de edad, el sexo por primera vez. Mis años 20 transcurrieron en fiestas, diversiones ¡y mucho sexo! Sin miedos, sin tapujos, solo por el simple deseo encontrarme, a través del encuentro carnal, con quien creí formar alguna relación seria. ¿Cómo se consideraría a alguien como una relación seria cuando solo desnudaba el cuerpo y escondía la verdadera desnudez, la del alma? Pasé de ¡todo! Quizá en algún momento narre las más significativas.

A los 30 iniciaban las angustias, pues mis amigas cercanas comenzaban a cumplir el ciclo de la mujer mexicana: Casarse, ser felices, tener una casa, una camioneta, ser exitosas laboralmente y comenzar a preocuparse por otros menesteres que no fuera estar con su pareja. Mi hermana anunciaba su boda, eso me ponía en alerta roja, porque claro que me compré la frase: “Chivo saltado, chivo quedado”. Así que urgía una búsqueda más rápida, no importaba el precio.

 Mi círculo de amigas aventureras, de parrandas, de diversión, de solterona, se hacía más pequeño, así que emprendí la búsqueda de nuevas amistades y con ello, nuevos amoríos. Entre fiestas, encuentros laborales y hasta redes sociales,  me topé con quien viviría por primera vez en pareja, alguien a quien di todo, literal ¡todo!, sin comprender que el hacerlo no era garantía de que se quedara. Nunca estuve realmente enamorada, ahora sé que él tampoco,  pero me hacía saber que las expectativas de ser la pareja de alguien ya no me daba el derecho a estar sola. Ya tenía a quien enviar mensajes, regalar objetos caros, libros, viajes, placeres y ¡hasta compartir mi éxito laboral! Porque, pues mantuve la relación económica mucho tiempo. Él argumentaba como préstamos, hoy lo veo como pérdida de patrimonio. No, no íbamos juntos a actividades públicas, tampoco tuvimos un título definido, pero estábamos juntos. Ante todo compromiso social o familiar él huía, nunca se presentaba. Y yo, no veía las señales del no compromiso y del ahí no es, hasta que la claridad de las convicciones, de las que evidentemente todos mis cercanos veían y nunca hice caso, se hicieron presentes: él estaba en otra relación. Eso acabó lo que realmente nunca empezó. Así que, tras el duelo y las primeras enseñanzas de ser adulta desesperada, me llevaron a una nueva búsqueda. Pasaron dos años para volver a estar con alguien. Nuevamente ya no era la solterona de 33. La aventura, el anhelo desesperado por estar me llevó a permitir que él fuera poco a poco adueñándose de mi espacio: primero el cepillo de dientes, luego la pijama, luego la ropa, hasta que la mitad del closet, la despensa, la sala, eran de él. Lo mismo hice yo en su casa. Pese a que vivíamos en ciudades diferentes, eso hacía cómoda la relación. Me casé con el argumento de “así estamos bien. Así la pasamos de lujo” y cuando llegó una responsabilidad mayúscula para ambos, no supimos afrontarla y mejor fue “dejarlo por la paz”; sin embargo, aquí también había dado más de lo recibido.

Un año después de esa ruptura, sin buscarlo, sin perseguirlo, sin esperarlo, llegó uno de mis más grandes maestros de vida, un hombre siete años menor que yo, que compartió conmigo más de lo que yo pude haber dado: enseñanzas,  conocimiento, inteligencia emocional, viajes, alegrías, sorpresas inigualables, atención, cariño, respeto, su familia. Todo lo que realmente necesitaba para decir: ¡Ahora sí, de aquí soy!

 Era inmensamente feliz.  A las dos semanas de haber comenzado a salir fue presentado en mi familia. Lo arroparon. Íbamos a muchos sitios juntos, compartíamos intereses, amigos, personas favoritas. Disfrutábamos de espacios mágicos, teníamos retos juntos, nos premiábamos con comidas y cenas en sitios elegantes. Compartíamos lecturas, películas, trabajo, temas diversos. Siempre me impulsaba a ser mejor. Siempre guapo y elegante, olía rico. Todo era  P E R F E C T O hasta que… en los primeros meses de compañerismo, surgió en mí la realidad de lo que aún no comprendía: la necesidad del espacio individual como forma perfecta para saber que existe para el otro. Ya pedía más atención, porque creí tener el derecho de ello. Me convertí en la tóxica. Si bien nunca lo celé, ni hice dramas públicos, sí le exigí algo que él no estaba dispuesto a romper: su paz.

Llegó una separación necesaria. Los primeros días, tras la ruptura, me aferré a disculparme, sin entender el mensaje de fondo. No aún. Así que retomé proceso terapéutico para encontrar una solución a esos malestares.

Pasaron siete meses, en los que existieron aventuras con otros, especialmente hombres mucho más grandes que yo. Nada serio, pero sí muchos significativos, pensé que era la forma de calmar las incógnitas. Tras ese tiempo, por azares del destino, bajo otras circunstancias, el hombre perfecto y yo coincidimos nuevamente. No existieron explicaciones del pasado o de la ausencia, pero sí nuevos retos y mejoría en la relación. Tanto que al poco tiempo retomamos proyectos juntos, creíamos uno en el otro, fuimos socios laborales, disfrutamos de una nueva forma de estar. Las familias se conocieron, las madres de ambos se hicieron amigas. No había más que decir. Sí, era mágico. Yo ya estaba en mis 37. Tiempo perfecto para formalizar. Cuando de repente… mi vida laboral se convirtió en un desastre y qué decir de la económica ¡era un horror! Pues Hacienda me cobraba una multa estratosférica por no pago de impuestos de una acción laboral de la que nunca me enteré. Un personaje público con quien trabajé años atrás había sacado una nómina a mi nombre con un alto valor de pago y de la que, evidentemente no se hizo responsable. Comencé a maldecir, a odiar al mundo a ser lo más tóxico de lo tóxico. Todos eran culpables de lo que sucedía, menos yo. Mientras vivía en el enojo, depresión y constantes maldiciones por mi situación, el  hombre perfecto solo me impulsaba y veía en mí lo que no creía en ese momento: Mi capacidad de resiliencia.

Una noche, tras un día entero que pasé en cama y pijama, deprimida —básicamente—,  él mandó un mensaje: “Tenemos que hablar”. Me pedía vernos al día siguiente. Así lo hicimos. Yo con una vibra espantosa, él, triste y con ojos llorosos mencionó que no podía seguir más conmigo, pues habían sido meses difíciles, dolorosos y complicados el soportarme. Mi negatividad no podía formar parte de su existencia. Decidía irse. Me sugirió reencontrarme y fortalecer todo lo que verdaderamente soy. No entendía lo que realmente decía, pedía y me invitaba, nuevamente, a ser mejor. Y aclaro un patrón común que encontré en estas relaciones y es que  ¡nunca fui la novia de nadie! No, ninguno de ellos, nunca en ningún momento, me reconocieron como novia. Comprendí la importancia de un título. Sí, es como la licenciatura, si no cuentas con el papel, por más experiencia comprobable que tengas, por más historias y conocimientos, si no hay algo formal definido, en realidad no hay derecho a nada. Ahora también entiendo algo que admiraré por siempre en él: supo amarse y alejarse de alguien con quien ya no estaba a gusto. Resguardaba su paz.

Tras la partida de ese gran hombre, evadí su ausencia y quise encontrarlo en muchos sitios, en nuevas personas, en comenzar de nuevo la búsqueda. Así que ahora recurría a las redes sociales. Por varios meses Tinder fue mi mejor aliada. Me concebía segura con quien pulsaba el corazoncito de aceptación, daba a la derecha y comenzaba la plática. Fueron muchos, muchos los momentos con personas extrañas, sin sentido y a todos les otorgaba esa esperanza en las que mis respuestas por fin serían aclaradas. Descubrí muchos patrones, de los que también escribiré en algún momento.  No, las respuestas tampoco estaban ahí.

A mis 38, un año después de haber pasado uno de los cumpleaños más sorprendentes y amorosos, decidí regalarme una terapia. Ya no se trataba de ir a contar los problemas del pasado, ni el futuro, sino del presente y qué hacer con todo lo que traía, especialmente esa búsqueda.

Nunca supe que la verdadera historia a las respuestas con las que cargué por más de 20 años cobraría sentido en ser compañera, amiga de Alma Italia. Pese a que todos mis cercanos, los realmente invaluables, nunca se cansaron de decirme y hacerme ver que el verdadero y auténtico amor está en mí, no comprendía lo que referenciaban. No había generado una real consciencia para ello. Sí, el amor propio, el no dar todo, el ser paciente, el dosificar, el dar espacio individual, amor y tolerancia no venía de nadie más, solo estaban en mí.

Llegó a mis manos, sugerencia terapeútica, el libro que cambiaría todo: “Las cinco heridas que impiden ser uno mismo”, de Lise Bourbeau. Con arrogancia, dudas, le entré a la lectura y al primer contacto real a esa búsqueda intensa de saberme amada por otros, pero no por mí. No todavía. Aprendí que todos los problemas de orden físico, emocional o mental provienen de cinco heridas importantes; el rechazo, el abandono, la humillación, la traición y la injusticia. Gracias a las descripciones detalladas de estas heridas y de las máscaras que me creé a los largo de mi existencia, nunca las vi, mucho menos las sentí. Identifiqué qué ocurría realmente y porqué me estaba perdiendo de la más mágica oportunidad: encontrarme en plenitud.

Supe en honestidad que, por lo menos la última década, cargaba con dos heridas profundas. Me encontré con toda la información suficiente para sanar, avanzar reconocerme como única, sin caer en el empoderamiento —término que no disfruto expresar, aunque comprendo—, pero sí en la plenitud de manifestar mis emociones y sentimientos sin miedo alguno. Saberme en una nueva forma de vida ya no tenía vuelta atrás.

Dentro de la sanación encontré que no siempre es necesario vivir con interrogantes sino con satisfacciones que lleven a la paz y plenitud. Que está bien no saber todo.

Comprendí que el dar todo es un compromiso fortísimo para el otro, porque se ve obligado a quedarse -y nadie quiere quedarse por fuerza-. Que es mejor ser la parte favorita de alguien y no el todo. Que lo que es para ti te busca, te encuentra y se queda contigo. Que la persona adecuada también te hará enamorarte de ti. Que nadie se va o se queda, sino hasta que hayamos aprendido lo que necesitábamos. Que seguí patrones de conducta porque nunca fui clara al pedir y cuando recibí todo lo que pedí, nunca supe qué hacer con ello, porque no sabía vivir en armonía. Que no quiero volver a ser la sin título de alguien.

Que las relaciones de pareja no llegan a plenitud y confianza si no es por la autenticidad de saberse en paz. Que no hay complementos, si se busca ser el complemento perfecto de alguien es que hay una carencia de algo. Que no hay nada más limpio y puro que saberse en honestidad y no solo en impulso. Que el paso de los años me han impedido arrojarme ante aquel que me endulce el oído, pues tengo la suficiente dosis de dulzura para amarme. Que otorgar perdón, sanación, quitar creencias e ideologías está bien, si así se quiere. Que este mundo necesita más educación en inteligencia emocional. Que sí hay cuándos resueltos si estás dispuesto a tomar las riendas de tu vida, porque ese es el punto de partida para llegar a nuevos cómos. Que en mi familia nunca me exigieron casarme o ser la pareja de alguien para ser feliz; pues reconocen y aman mis procesos. Que mis amigos siempre respetarán decisiones que tome, pero nunca escatimarán en darme un empujón o jalón para no detenerme. Que hay parejas imperfectas sin conocerse. Que sí es posible cubrir las necesidades de pareja, siempre y cuando se tenga la claridad, objetividad y seguridad. Si lo quieres ¡pídelo! Que tener 20, 30 o los años que sean no obligan a seguir patrones que en automático nos compramos. Que la soledad, soltería son la mejor oportunidad para aprendernos, retomarnos una y otra vez. Que los años, sí dan experiencia.

Que las respuestas no llegarán en una persona, sino en la paz de sabernos únicos y autosuficientes. Que no hay búsqueda más absurda que la hacemos fuera de nosotros, sin saber que las respuestas siempre estarán adentro. Que todo llegará cuando deba ser.

Deseo que te busques y te encuentres en lo que tenga que ser.

P.D. Mi búsqueda está llena de reconstrucción.  

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